jueves, 8 de diciembre de 2011

Quizás revolotean intentando despertarme- Pensé de forma muy estúpida al ver las gaviotas danzando sobre mi cabeza atontada aún. Mi boca era un recipiente en donde se depositaba todo tipo de extracto marino y mi cuerpo agolpado y empapado se resistía a atender los mandatos de mi mente.
Solo como nunca antes lo había estado desperté boda abajo sobre un mástil enterrado por el mar en la arena de una playa en la que jamás había estado hasta entonces. Mi cabeza era un sacudir de olas incesante y al intentar palpar lo que parecía algo pegado en mi nuca me di cuenta que era mi propia sangre, seca y hecha una pasta con mis cabellos y los restos del naufragio que acababa de acontecer.
Me habrá costado gran parte de la mañana intentar reincorporarme y comprobar que a pesar de haber sufrido innumerables cortes y fuertes golpes, solo algunos huesos se habían fisurado levemente pero nada que pudiera preocuparme tanto. Mientras estaba rebuscando en mi cuerpo tratando de dar con rastros que indiquen que todo estaba bien una mano muy fuerte me jaló hacia atrás y volvio a tumbarme en la arena.
Estaba furioso.
El hecho de que algo me volviera al sitio del cual habia intentado largo rato levantarme me llevaba a un estado de caos interno tal que estaba dispuesto a darme vuelta y atacar a quien habia osado actuar de esa manera. Pero la realidad era que carecía de fuerzas y solo me limite a observar al sujeto que ahora me miraba desde arriba inspeccionando algo que me envolvía desde la espalda hacia el pecho y no lograba ver que era.
Hablaba al parecer con alguien, en una extraña lengua que mis pocos viajes nunca me había enseñado y cuando el sol me dejó ver un poco más allá de los rayos que me cegaban vislumbre un rostro semicubierto que solo dejaba entreveer unos ojos de mirada penetrante.
Seguía el diálogo con la otra persona que no alcanzaba a ver y que al parecer solo se limitaba a asentir cuando entre palabras escuché el nombre del Capitán que había salvado mi vida: Rûmer
Al oírlo me sobresalte y mi sobresalto hizo que la conversación cesara. Quizás por nervios, o por temor o por el solo hecho de que se callara porque ya no soportaba más su palabrerío intraducible por mi corta experiencia en lenguas , asentí con la cabeza al tiempo que repetía: Rûmer, Rûmer, como si fuera la llave para mi salvación. Nunca imaginé lo que esa torpe e impensada acción iba a desencadenar...